Paradójico

Es paradójico. Los miles de kilómetros, el tiempo esquizofrénico, es paradójico cómo, a pesar de todo, siempre te puedo sentir aún más lejos. Como si nunca fuera suficiente la pared que hemos levantado entre nosotros.

¿Estoy a salvo? Sí, porque hay lugares, agujeros negros, donde no te molestas en buscarme, de hecho los haces más hondos y más negros para no verme.

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Puerta corrediza

Todos los días, desde hace ya no sé cuánto tiempo, el vecino de al frente abre la puerta corrediza de su departamento exactamente a las 6:45. Puntualmente cada mañana sin falta ni retraso, como si fuera un movimiento natural, geomecánico, propio de la Tierra misma. No fue hasta hoy que me di cuenta, que escuchar su puerta corrediza es el reloj que marca también mis días. Hundida entre las sabanas, adormitada, renegada, lo escucho y la Tierra entonces llama a mi existencia. Con ese sonido sordo y chillón al mismo tiempo, pesado por el metal, entre sueños me llega la certeza de que hay gente que sigue con sus vidas, y que la mía debe seguir también.

Sobre los modos en los que sobrellevo/disfruto mi soledad

Nota curiosa 2:

Confieso que cuando bajo la basura al deposito comunal, espío la basura ajena brevemente. La verdad es que un par de veces he encontrado cosas interesantes. Una vez hallé una silla diminuta de plástico roja que cuando la vi no supe exactamente qué hacer con ella, tenía un borde del espaldar roto. La tengo debajo de mi escritorio para alzar los pies mientras escribo. Otra vez encontré una maceta negra de barro que me recordó una planta que teníamos en casa, colgando en el patio trasero cuando era niña. Estaba bastante despostillada pero la subí de todos modos. La coloqué en el armarito de la entrada, allí tiro las llaves cuando llego a casa y antes de salir siempre meto mi mano y a veces tengo la sensación de que encontraré algo más aparte de las llaves. En otra ocasión descubrí un cartón lleno de fotos recortadas de revistas dominicales, todavía no sé qué hacer con él, pero tampoco tuve corazón para dejarlo en la basura. Sospecho que un día de estos descubriré mi propia basura y la subiré por pena.

Ya sabes como soy

Pues ya sabes como soy. Hoy después de que te dejé en la estación del bus y te fuiste, regresé a penas con fuerzas a mi casa y me acosté en la cama donde nos habíamos abrazado, amado, ignorado, gritado, peleado. Y me hiciste una enorme falta. Traté de dormir, traté de no pensar, apagarme por un rato, y no lo logré. Ya sabes como soy. No me hallo, no te hallo. Tuve ganas de llorar cuando se acabó mi programa de radio. Y luego me puse a escribir esto porque no contestabas mis llamadas.

El arte de escribir cartas

Es pleno 2018 y confieso que soy una gran apasionada del género epistolar. Una carta me hace sentir libre para decir las cosas más complejas e íntimas que llevo dentro. Quizás sea mi debilidad por la escritura la que me coloca en esta posición de hablar mejor cuando escribo. Y reconozco también que, ahora cada vez se va perdiendo más esta tradición; más bien dicho, va mutando en otras plataformas, con otros lenguajes y otros ritmos. ¿Es eso malo? No necesariamente. Pero a los grandes románticos como yo, eso nos pesa un poco. Otro gran romántico fue Benjamín Carrión. Hace un tiempo encontré este fragmento en su libro Santa Gabriela Mistral, construido sobre una base epistolar. Me dio gracia, y mucha pena, ver cómo se lamentaba él en 1956 sobre cómo se estaba perdiendo el arte de escribir cartas a mano. No tengo idea lo que diría hoy.

Benjamín Carrión se vuelve a morir si se entera que hoy nos escribimos Whatsaps y que la mitad de los mensajes son emojis.

“El arte de escribir cartas, el “género epistolar”, tan amado por las damas del siglo XVIII -Madame Sevigne, Madame de Stael- y por los prelados y príncipes de la iglesia como el Cardenal de Retz, está en peligro de perecer. De pronto asoman, sangrando cuerpo y alma, epistolarios como el D. H. Lawrence o el de Maree! Proust. Pero la invención de la máquina de escribir y, sobre todo la, por otros conceptos, encantadora invención de las secretarias, taquimecas y otros amables medios para ocultar el pensamiento en fórmulas y frases hechas, está conspirando con ese modo excepcional de desnudar el alma. Mucho más vivo, agudo, actual que las memorias, las confesiones, las aútobiografías o las “automoribundias”, según la descarnada y letal expresión de Ramón Gómez de la Serna.”

Santa Gabriela Mistral. 1956.

Formas muy bizarras de buscar la muerte

He intentado matarme, sin éxito claro, porque lo he intentado de formas muy bizarras. Dejarme morir frente a la televisión encendida esperando que las imágenes de la pantalla terminen por provocarme alguna clase de derrame cerebral después de muchas horas de exposición. Esperar a la muerte en posición fetal debajo de mis cobijas, en espera de que después de muchos días de anidamiento los ácaros de las cobijas muten con la sal de mis lágrimas y devoren mi cuerpo. También intenté provocarme un coma diabético definitivo, después de devorar cuanto comestible hubiera en mi cocina, rezando para que, si no colapsaba mi estómago, por lo menos mi negligencia me permitiera desvanecerme para siempre después de consumir un yogurt caducado o unas papas de una funda abierta hace mil años. Otras veces estoy segura que el día de mi muerte ha llegado irremediablemente y simplemente no batallo por vivir. No me arreglo el pelo ni me lavo los dientes, esperando que aquel fatídico paro cardiaco o terremoto apocalíptico me encuentre en la comodidad de mi pijama con olor a comida recalentada. Entre mis estrategias más usuales también esta sentarme en el filo de la ventana en el primer piso, mirando el jardín, con el celular encendido en el bolsillo del pecho, esperando con paciencia que finalmente un rayo divino decida caer sobre mi y me chamusque los huesos. Estoy empezando a sospechar que este último es el método que menos funciona. Aburrida de no morirme me siento frente a la computadora esperando que una sobredosis de Instagram y felicidad ajena me consuman para siempre haciendo que mis ojos se salgan de sus orbitas y el ataque de dolor en los cartílagos de las manos me apague para siempre. De alguna forma extraña, nada ocurre y eso de una forma, también extraña, me sujeta más a la muerte que a la vida.

Sobre los modos en los que sobrellevo/disfruto mi soledad

Nota curiosa 1:

Confieso que espío la cocina de mis vecinos cuando empieza a caer la noche. Me tardo en prender las luces para tener la ridícula libertad de asomarme entre las persianas sin ser vista y contemplar esos cuartos cálidos, amarillos, acogedores. Rincones íntimos y confortables donde la gente se reúne al acabar el día. Miro las cantinas de agua hervir, adivino los olores de los platos que se sirven, admiro las manos que preparan alimentos, a veces las ventanas se empañan y entonces imagino las conversaciones que se condensan dentro: preguntas infantiles, quejas del trabajo, risas estruendosas, chismes familiares, confesiones de amor. Palabras, comodidad, libertad. Tengo una especie de voyerismo familiar o alimenticio, no lo sé.