El arte de escribir cartas

Es pleno 2018 y confieso que soy una gran apasionada del género epistolar. Una carta me hace sentir libre para decir las cosas más complejas e íntimas que llevo dentro. Quizás sea mi debilidad por la escritura la que me coloca en esta posición de hablar mejor cuando escribo. Y reconozco también que, ahora cada vez se va perdiendo más esta tradición; más bien dicho, va mutando en otras plataformas, con otros lenguajes y otros ritmos. ¿Es eso malo? No necesariamente. Pero a los grandes románticos como yo, eso nos pesa un poco. Otro gran romántico fue Benjamín Carrión. Hace un tiempo encontré este fragmento en su libro Santa Gabriela Mistral, construido sobre una base epistolar. Me dio gracia, y mucha pena, ver cómo se lamentaba él en 1956 sobre cómo se estaba perdiendo el arte de escribir cartas a mano. No tengo idea lo que diría hoy.

Benjamín Carrión se vuelve a morir si se entera que hoy nos escribimos Whatsaps y que la mitad de los mensajes son emojis.

“El arte de escribir cartas, el “género epistolar”, tan amado por las damas del siglo XVIII -Madame Sevigne, Madame de Stael- y por los prelados y príncipes de la iglesia como el Cardenal de Retz, está en peligro de perecer. De pronto asoman, sangrando cuerpo y alma, epistolarios como el D. H. Lawrence o el de Maree! Proust. Pero la invención de la máquina de escribir y, sobre todo la, por otros conceptos, encantadora invención de las secretarias, taquimecas y otros amables medios para ocultar el pensamiento en fórmulas y frases hechas, está conspirando con ese modo excepcional de desnudar el alma. Mucho más vivo, agudo, actual que las memorias, las confesiones, las aútobiografías o las “automoribundias”, según la descarnada y letal expresión de Ramón Gómez de la Serna.”

Santa Gabriela Mistral. 1956.

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Formas muy bizarras de buscar la muerte

He intentado matarme, sin éxito claro, porque lo he intentado de formas muy bizarras. Dejarme morir frente a la televisión encendida esperando que las imágenes de la pantalla terminen por provocarme alguna clase de derrame cerebral después de muchas horas de exposición. Esperar a la muerte en posición fetal debajo de mis cobijas, en espera de que después de muchos días de anidamiento los ácaros de las cobijas muten con la sal de mis lágrimas y devoren mi cuerpo. También intenté provocarme un coma diabético definitivo, después de devorar cuanto comestible hubiera en mi cocina, rezando para que, si no colapsaba mi estómago, por lo menos mi negligencia me permitiera desvanecerme para siempre después de consumir un yogurt caducado o unas papas de una funda abierta hace mil años. Otras veces estoy segura que el día de mi muerte ha llegado irremediablemente y simplemente no batallo por vivir. No me arreglo el pelo ni me lavo los dientes, esperando que aquel fatídico paro cardiaco o terremoto apocalíptico me encuentre en la comodidad de mi pijama con olor a comida recalentada. Entre mis estrategias más usuales también esta sentarme en el filo de la ventana en el primer piso, mirando el jardín, con el celular encendido en el bolsillo del pecho, esperando con paciencia que finalmente un rayo divino decida caer sobre mi y me chamusque los huesos. Estoy empezando a sospechar que este último es el método que menos funciona. Aburrida de no morirme me siento frente a la computadora esperando que una sobredosis de Instagram y felicidad ajena me consuman para siempre haciendo que mis ojos se salgan de sus orbitas y el ataque de dolor en los cartílagos de las manos me apague para siempre. De alguna forma extraña, nada ocurre y eso de una forma, también extraña, me sujeta más a la muerte que a la vida.

Sobre los modos en los que sobrellevo/disfruto mi soledad

Nota curiosa 1:

Confieso que espío la cocina de mis vecinos cuando empieza a caer la noche. Me tardo en prender las luces para tener la ridícula libertad de asomarme entre las persianas sin ser vista y contemplar esos cuartos cálidos, amarillos, acogedores. Rincones íntimos y confortables donde la gente se reúne al acabar el día. Miro las cantinas de agua hervir, adivino los olores de los platos que se sirven, admiro las manos que preparan alimentos, a veces las ventanas se empañan y entonces imagino las conversaciones que se condensan dentro: preguntas infantiles, quejas del trabajo, risas estruendosas, chismes familiares, confesiones de amor. Palabras, comodidad, libertad. Tengo una especie de voyerismo familiar o alimenticio, no lo sé.

El pequeño horrible

El pequeño horrible no hace nada

Ni el amor ni la guerra

Por la noche en cuanto tiene el vientre lleno,

Sube a la cama y ronca hasta el amanecer

¡Oh señor! De nuevo esta aquí,

La noche larga y triste,

Y de nuevo él está aquí,

Mi pequeño horrible,

Y duerme

Abre una brecha en el muro y bésame la boca

El pequeño horrible es albañil y sabrá repararla.

Verso burlesco de mujer afgana.

Guardar la casa y cerrar la boca

Clara Janés

Poema: El azul es un color hermoso, y el dorado también

Este poema lo encontré anotado en una hoja vieja de una de mis viejas carpetas en el viejo estudio que estoy arreglando. Se que lo copié en la universidad pero no descubro quién es su autor. Pero no me cabe duda que quién escribió esto miraba mucho el cielo y pensaba también como yo, que el azul es un color hermoso, y el dorado también.

Recomiendo leerlo en voz alta:

 

Las cosas

Azuléandose

Azulizándose

Las cosas

Azulinizándose

Azulnublándose

Azulbrisándose

Azulcielándose

Azulalándose

Azultrinándose

Azuldebilitándose

Las cosas

 

Todo azul

Menos tú

Dorado pez

Azul-soleándose

Azuleccionándose

Azulesperándome

Azulmirándome

Menos tu

Dorado pez

Azulnadándote

Nadadorándote

Dorada

Dorada

Azulcanoizándote

Azuldespedidamente

Doradamente

Dorada

Nada

Mensajes en el tiempo

Te soy sincera, es mucho el tiempo que no nos hemos visto, y no te extraño. Sin embargo, hoy mientras revisaba libros viejos, maletas vacías y muebles empolvados, me di cuenta de que todavía me hablas. Hay cosas tuyas que descubro como mensajes a través del tiempo y el espacio que dejaste exclusivamente para mí en tus libros que nunca llegué a leer realmente, en esas canciones que me hacías escuchar una y otra vez. Hoy me enfrenté a todo eso y descubrí mensajes nuevos, te encontré a ti entre palabras, versos, frases y párrafos. Todo ha estado allí siempre para mí. Aún estando lejos, aun después de haberme olvidado, tú me sigues enamorando.