Tierno activismo personal

Descubrí que él tenía debilidad por las mujeres de izquierda, de esas de antaño, no las trostkistas, no las del siglo XXI, sino las soviéticas. Entonces supe porqué me dejó de amar. Seguramente encontró mi ensayo sobre las fatales erratas de Galeano antes de cortarse las venas. Poniendo otros pretextos más absurdos todavía, sin ser capaz de mencionar la lucha de clases, el nacionalismo latinoamericano o el yugo capitalista del norte, simplemente decidió un día dejarme. Fue un tema de tierno activismo personal. Yo que lo quise tanto, para consolarme volví a leer 1984 y para vengarme sigo pintando bigotitos a cada imagen del Che que se me cruza en el camino.

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Universo Infinito

Pues estaba leyendo a Walter Benjamin en correteos y zozobras, y me encontré este pedacito, que a su vez él tomó de Louis Auguste Blanqui para hablar del tiempo, del progreso y la trascendencia de los seres humanos. Y ahora entiendo muchas cosas que antes me parecían imposibles y que al fin están puestas en palabras.

“El  universo  entero  está  compuesto  de  sistemas  estelares.  Para  crearlos,  la  naturaleza sólo  tiene  cien  cuerpos  simples  a  su  disposición.  Pese  al  prodigioso  partido  que  ella sabe  sacar  de  sus  recursos  y/o la  cifra  incalculable  de  combinaciones  que  permiten  en su  fecundidad,  el  resultado  es  necesariamente  un  número  finito,  como  el  de  los  propios elementos,  y  para  llenar  la  extensión,  la  naturaleza  debe  repetir  hasta  el  infinito  cada una  de  sus  combinaciones  originales  o  tipos.  Todo  astro,  sea  cual  fuere,  existe  un  número infinito  de  veces  en  el  tiempo  y  en  el  espacio,  no  solamente  bajo  uno  de  sus  aspectos, sino  tal  como  se  encuentra  en  cada  uno  de  los  segundos  de  su  duración,  desde  el  nacimiento  hasta  la  muerte  …  La  Tierra  es  uno  de  esos  astros.  Cualquier  ser  humano  es,  por tanto,  eterno  en  cada  uno  de  los  segundos  de  su  existencia.  Lo  que  escribo  en  este momento  en  un  calabozo  del  Fort  du  Taureau  lo  he  escrito  y  lo  escribiré  durante  la  eternidad,  sobre  una  mesa,  con  una  pluma,  con  estas  ropas,  en  circunstancias  completamente  semejantes.  Y  así  para  todos  …  El  número  de  nuestros  sosias  es  infinito  en  el  tiempo y  en  el  espacio.  En  conciencia,  no  se  puede  apenas  exigir  más.  Estos  sosias  lo  son  en carne  y  hueso,  e  incluso  en  pantalón  y  gabán,  en  miriñaque  y  en  moño.  No  son  fantasmas,  sino  la  actualidad  eternizada.  Y  éste  es,  no  obstante,  un  gran  defecto:  no  hay  progreso  …  Lo  que  llamamos  progreso  está  encerrado  entre  cuatro  paredes  en  cada  tierra  y se  desvanece  con  ella.  Siempre  y  en  todas  partes,  en  el  campo  terrestre,  el  mismo drama,  la  misma  decoración,  en  el  mismo  angosto  escenario,  una  humanidad  ruidosa, engreída  con  su  grandeza,  creyéndose  el  universo  y  viviendo  en  su  prisión  como  en  una inmensidad,  para  hundirse  enseguida  con  el  globo  que  ha  llevado  con  el  más  profundo desdén,  el  fardo  de  su  orgullo  La  misma  monotonía,  el  mismo  inmovilismo  en  los  astros extranjeros.  El  universo  se  repite  sin  fin  y  piafa  sin  moverse  del  sitio.  La  eternidad  representa  imperturbablemente  en  el  infinito  las  mismas  funciones.”

Auguste Blanqui.

La eternidad por los astros. 1872

Sobre los modos en los que sobrellevo/disfruto mi soledad

Nota curiosa 3:

Confieso que la mayor parte del tiempo mi propio silencio me resulta agobiante, como si el aire vacío me comprimiera. Por eso lidio con el silencio poblándolo de voces que llenan todo mi departamento. Tengo algunos programas de radio -podcasts- favoritos que escucho con una avidez que raya en la ridiculez. Desde que abro los ojos, escucho programas grabados de gente que habla sobre gente muerta, que hace chistes rebuscados y análisis impensables de películas viejas con las que crecí. Escucho de todo. Análisis políticos, la agenda internacional de Estados Unidos, la política doméstica de España, mucha crítica de cine, relatos de miedo, tertulias sobre temas extravagantes, tertulias sobre temas no tan extravagantes, en fin, de todo. Pero mis favoritos son esos programas donde la gente se ríe, cuenta anécdotas graciosas o se burla sobre los temas que van saliendo sobre la marcha, conversaciones casi improvisadas. Entonces me río yo también. Confieso que últimamente me dedico a escuchar una y otra vez, los mismos y los mismos y los mismos programas, repetidos, los que más gracia me hacen, para seguirme riendo. En realidad es reírme sola de los mismos chistes que escucho una y otra vez, pero ese es mi placer. Así me acompaño las comidas, hago los quehaceres, continúo con las burdas rutinas de ejercicio, me pinto las uñas e incluso hasta miro la tele, así, acompañada con gente que envió su voz al espacio y a la que yo meto en mi casa.

Este palacio

Aquí estoy, en este palacio alto, blanco y esbelto, donde me dejaste presa. Quizás no te diste cuenta que yo aún habitaba estas paredes, quizás no notaste mis pasos ansiosos en las escaleras o no me viste jugando entre las cortinas. Pero lo cierto es que aquí estoy aún. Enciendo las luces, me acuesto en la cama, bailo frente a los espejos, se puede decir que hago una vida bastante normal. Duermo hasta tarde, separo la ropa que me queda mejor, me rizo el pelo y me pinto los labios, aún hago esfuerzos por verme bonita por si un día tu también apareces en los espejos.

Paradójico

Es paradójico. Los miles de kilómetros, el tiempo esquizofrénico, es paradójico cómo, a pesar de todo, siempre te puedo sentir aún más lejos. Como si nunca fuera suficiente la pared que hemos levantado entre nosotros.

¿Estoy a salvo? Sí, porque hay lugares, agujeros negros, donde no te molestas en buscarme, de hecho los haces más hondos y más negros para no verme.

Puerta corrediza

Todos los días, desde hace ya no sé cuánto tiempo, el vecino de al frente abre la puerta corrediza de su departamento exactamente a las 6:45. Puntualmente cada mañana sin falta ni retraso, como si fuera un movimiento natural, geomecánico, propio de la Tierra misma. No fue hasta hoy que me di cuenta, que escuchar su puerta corrediza es el reloj que marca también mis días. Hundida entre las sabanas, adormitada, renegada, lo escucho y la Tierra entonces llama a mi existencia. Con ese sonido sordo y chillón al mismo tiempo, pesado por el metal, entre sueños me llega la certeza de que hay gente que sigue con sus vidas, y que la mía debe seguir también.