Tierno activismo personal

Descubrí que él tenía debilidad por las mujeres de izquierda, de esas de antaño, no las trostkistas, no las del siglo XXI, sino las soviéticas. Entonces supe porqué me dejó de amar. Seguramente encontró mi ensayo sobre las fatales erratas de Galeano antes de cortarse las venas. Poniendo otros pretextos más absurdos todavía, sin ser capaz de mencionar la lucha de clases, el nacionalismo latinoamericano o el yugo capitalista del norte, simplemente decidió un día dejarme. Fue un tema de tierno activismo personal. Yo que lo quise tanto, para consolarme volví a leer 1984 y para vengarme sigo pintando bigotitos a cada imagen del Che que se me cruza en el camino.

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Chulita del desierto

Cuando te vi eras una niña traviesa que no podía estar quieta en su asiento. Eras una muñeca de porcelana a puntito de romperse en mil pedazos, brillantes y punzantes. Eras un bocado de aire a primera hora de la mañana. Morenita, chula mía. Yo sé que huías de mí. Y se también, que esa mañana me viste en el transporte, me viste de reojo, como si no quisieras verme, con desgano, entre la multitud de gente que había dentro; y yo afuera y tu aferrada a tu asiento con todo Quito encima de ti llegando tarde a los trabajos. Y miraste a otro lado, acomodándote la mochila, un puchero en la boca, que barbaridad el tráfico, verdad que a esta hora es terrible.

Yo quiero que sepas niñita mía, morenita mía, chulita del desierto y la montaña –no me preguntes porque pienso en desiertos cuando pienso en ti…creo que es por una novela que leí sobre un Jesús que andaba profesando en un desierto, medio loco y medio perdido muy, muy lejos de Jerusalén-. Chiquita mía, como te iba diciendo, quiero decirte que aun llevo marcada en mi mano la piel de tu muslo regordete y rosado. Todo esto pensaba esa mañana en que no volteaste la mirada en el transporte para verme.

Si quieres venir un día, conoces el camino. Mi otra mano aún tiene envidia, ya te imaginaras porqué. Ven chulita del desierto.

He soñado ríos donde te amo y te imagino sonreída sobre mí regalándome besos largos y coquetos, con tu cabello sobre mis hombros, y mis brazos cruzando esa cintura que se escapa de todo. Ven chulita del desierto.

Sobre los modos en los que sobrellevo/disfruto mi soledad

Nota curiosa 3:

Confieso que la mayor parte del tiempo mi propio silencio me resulta agobiante, como si el aire vacío me comprimiera. Por eso lidio con el silencio poblándolo de voces que llenan todo mi departamento. Tengo algunos programas de radio -podcasts- favoritos que escucho con una avidez que raya en la ridiculez. Desde que abro los ojos, escucho programas grabados de gente que habla sobre gente muerta, que hace chistes rebuscados y análisis impensables de películas viejas con las que crecí. Escucho de todo. Análisis políticos, la agenda internacional de Estados Unidos, la política doméstica de España, mucha crítica de cine, relatos de miedo, tertulias sobre temas extravagantes, tertulias sobre temas no tan extravagantes, en fin, de todo. Pero mis favoritos son esos programas donde la gente se ríe, cuenta anécdotas graciosas o se burla sobre los temas que van saliendo sobre la marcha, conversaciones casi improvisadas. Entonces me río yo también. Confieso que últimamente me dedico a escuchar una y otra vez, los mismos y los mismos y los mismos programas, repetidos, los que más gracia me hacen, para seguirme riendo. En realidad es reírme sola de los mismos chistes que escucho una y otra vez, pero ese es mi placer. Así me acompaño las comidas, hago los quehaceres, continúo con las burdas rutinas de ejercicio, me pinto las uñas e incluso hasta miro la tele, así, acompañada con gente que envió su voz al espacio y a la que yo meto en mi casa.

Este palacio

Aquí estoy, en este palacio alto, blanco y esbelto, donde me dejaste presa. Quizás no te diste cuenta que yo aún habitaba estas paredes, quizás no notaste mis pasos ansiosos en las escaleras o no me viste jugando entre las cortinas. Pero lo cierto es que aquí estoy aún. Enciendo las luces, me acuesto en la cama, bailo frente a los espejos, se puede decir que hago una vida bastante normal. Duermo hasta tarde, separo la ropa que me queda mejor, me rizo el pelo y me pinto los labios, aún hago esfuerzos por verme bonita por si un día tu también apareces en los espejos.

Extracto 1

Martha, quien en realidad se llamaba Dolores, Lola para los conocidos, Lolita para Pablo, nunca estuvo segura si se vio a sí misma como una viuda. Esa no era su naturaleza, no estaba construida para ese trajín de luto que constituía ser consciente de la muerte del hombre con el que había prometido amarse por siempre. Martha miraba aquello muy ajenamente. No era de las que predecía el futuro, posiblemente ni siquiera era de las que predecía el pasado. Ese ritual pomposo de una Magdalena bajo la cruz, para ella no tenía sentido. Seguramente enfrentó su viudez con la misma frialdad con que enfrentó su matrimonio. Sin ritos, sin usos sociales, sin vestido blanco ni ramo de flores. Con la misma displicencia, casi indiferencia, con que vivió sus otros romances, los muchos romances que poblaban su piel.

Puerta corrediza

Todos los días, desde hace ya no sé cuánto tiempo, el vecino de al frente abre la puerta corrediza de su departamento exactamente a las 6:45. Puntualmente cada mañana sin falta ni retraso, como si fuera un movimiento natural, geomecánico, propio de la Tierra misma. No fue hasta hoy que me di cuenta, que escuchar su puerta corrediza es el reloj que marca también mis días. Hundida entre las sabanas, adormitada, renegada, lo escucho y la Tierra entonces llama a mi existencia. Con ese sonido sordo y chillón al mismo tiempo, pesado por el metal, entre sueños me llega la certeza de que hay gente que sigue con sus vidas, y que la mía debe seguir también.