Mensajes en el tiempo

Te soy sincera, es mucho el tiempo que no nos hemos visto, y no te extraño. Sin embargo, hoy mientras revisaba libros viejos, maletas vacías y muebles empolvados, me di cuenta de que todavía me hablas. Hay cosas tuyas que descubro como mensajes a través del tiempo y el espacio que dejaste exclusivamente para mí en tus libros que nunca llegué a leer realmente, en esas canciones que me hacías escuchar una y otra vez. Hoy me enfrenté a todo eso y descubrí mensajes nuevos, te encontré a ti entre palabras, versos, frases y párrafos. Todo ha estado allí siempre para mí. Aún estando lejos, aun después de haberme olvidado, tú me sigues enamorando.

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Aquí conmigo

Ahora mismo estas existiendo aquí conmigo. Al otro lado del mundo, en sitios y rincones de la Tierra que jamás imaginarías. Debajo de maderas de árboles milenarios, templos, patios, habitaciones medievales donde ha existido mucha gente por siglos y siglos…aquí estas existiendo tu conmigo. En mi memoria, en mis ojos que te traen hasta mi, hasta ahora, tu existes en todas tus formas más dulces. Tus palabras me rodean, me acarician, aun cuando son palabras que ya no están en ningún lado, están aquí conmigo porque las recuerdo, las toco, las traje dobladas en mis bolsillos. Trato de ver todo con tus ojos, capturar el aire, el agua, el fuego y perennizarlo en el tiempo. Se que no soy la estrella más brillante de tu cielo, pero ahora mismo existes aquí conmigo, a través de océanos, mares, a través del mundo, en mi.

Mis vecinos los rockoleros

Resulta que tengo unos vecinos que amenizan su jornada de trabajo con la música más triste que pueda existir. Justo junto a mi pared, al lado de mi ventana, todos los días de ocho a cinco suenan los acordes más melancólicos de la música rockolera, baladas de antaño, pasillos sangrantes e himnos dolorosos varios.

Hay días en que no me percato de aquello, pero desde hace un tiempo, no puedo evitar poner atención a las melodías cada vez más lacrimógenas que se cuelan en mi casa. Si el día esta soleado y alegre, los versos sobre amores no correspondidos, despedidas forzadas e hijos ingratos me atosigan hasta el delirio de la nostalgia, echando a perder el buen clima. Y los días nublados y lluviosos, la melancolía de la música me gana sin ningún esfuerzo y se acomoda en mi cuarto de trabajo recordándome lo infeliz e inútil que es la existencia humana.

Hay momentos en los que puedo sobrellevar los acordes de mejor manera, puedo ignorarlos amablemente mientras los tapo con mi propia música en un acto de buena vecindad urbanística; sin embargo, cada vez son más los momentos en que abandono mis oídos al deleite de esa música que me acongoja completamente el alma. Así es cómo termino paralizada, con el corazón encogido pensando en las tristezas tantas, de todos los que habitamos en este mundo.

El proceso de creación de una ponencia en 23 sencillos pasos

El proceso de creación de una ponencia en 23 sencillos pasos, por una procastinadora nata.

  1. Tomar viada durante dos semanas, cavilar sobre el tema y finalmente la noche anterior, escribir la ponencia
  2. Reescribir y transcribir apuntes para completar la ponencia
  3. Comer
  4. Comentar a alguien sobre cómo estoy trabajando
  5. Pensar (en voz alta) sobre el tema a escribir
  6. Bañarme y mientras estoy bajo el agua, evitar llorar porque el tema es en realidad una porquería
  7. Darme cuenta de la hora y, apurada, terminar de escribir
  8. Tomar una “merecida” siesta
  9. Despertarme, darme cuenta del tiempo – espacio en que estoy, especialmente del tiempo, asustarme y considerar no ir a la ponencia
  10. Descubrir que tengo una nueva vecina y replantearme mi miserable existencia
  11. Editar el texto
  12. Ver videos de manualidades o bricolaje en Facebook sobre cosas que nunca haré
  13. Descubrir que mi ponencia no vale un rábano y replantearme nuevamente mi miserable existencia
  14. Volver a editar el texto
  15. Hacer esta lista
  16. Volver a comer
  17. Borrar la ponencia y empezar de cero
  18. Arrepentirme de haberla borrado e histéricamente tratar de recuperarla
  19. Sentirme miserable épicamente
  20. Volver al paso 1 pero en un tiempo récord de 45 minutos
  21. Escribir un poema al proceso de creación
  22. Desechar el poema
  23. Volver al paso 2 y esperar mejores resultados.

Memorizada

Escribo aquí porque sé que este es un rincón escondido y remoto al que nunca entras. Esto esta fuera del alcance de tu interés.

¿Para qué hacerlo? ¿Para qué buscarme más allá de tus propios límites? Si me tienes memorizada con todos mis traumas y mis delirios, en orden alfabético, cronológico y al revés. Todo, ya te lo sabes de memoria.

No soportarías una palabra más de mi parte. Esto también es una forma de existir en el silencio más allá de tus sentidos, y de las cosas que no quieres escuchar, leer, saber, de mi.

Escribo, no me lees, y estoy existiendo, en toda mi plenitud, al margen de ti.

Demonio

Hay un demonio dentro de mi piel que me rasga la carne en sus mejores días, en los malos me deja quieta, olvidada y sola. Hay un demonio que anida en mi pecho y me canta rondas de miedo que no puedo repetir sin llorar. Es un monstruo oscuro y lúgubre que insiste en hablarme de los días aquellos en que mi madre ya no estará, o esa fatídica tarde cuando yo tendré la certeza irremediable de que he visto a mi padre por última vez. Yo me tapo con horror y fuerza los oídos, hago nudos con mis dedos dentro de mis orejas para no escucharlo, pero no puedo evitarlo, esta dentro de mi y sus historias retumban en las paredes de mi cráneo.

A veces, cuando acabo de reírme y trago con gusto una carcajada estridente por las risas de mis niños, alegres y regordetes, ese ser terrible me pincha debajo de las uñas de los pies y me recuerda que esas criaturas frágiles son frágiles como rosas de papel. Me insiste, de pronto, que miles de miles de miles mueren de hambre y frío, en la crueldad y el abandono, mientras yo me rizo las pestañas. No tengo paz.

Se apodera, no solo de mi cuerpo para hacer mohines de desagrado a los que con dulzura me hablan, sino que también, se apodera de mi alma y me hace dar vueltas y vueltas en un carrusel obsoleto donde miro mis fracasos uno tras otro, uno tras otro, de nuevo y otra vez. Mi madre llorando, mi hermano herido, una mano extendida que rechacé, una plegaria de la que me reí, mi padre con su semblante más triste y solitario, mi yo de cinco años perversamente feliz, antepasados con los que no hablé, nidos de pájaros muertos, mascotas que extravié y juramentos que rompo con saña y desdén. Es un demonio cruel que se fascina en mi angustia.

Creo que tiene alas porque en las noches hay un temblor en mis entrañas, como un huracán que se levanta dentro de mi y me traga entera mientras me recita las palabras de una abuela que no conozco y que mi madre se empeña en no olvidar. Deben ser alas enormes porque siento cómo me sobrepasan y su inmensidad me hace sentir miserablemente pequeña e insignificante, en un mar de añejas tristezas. Siniestro aparece justo en los momentos de mayor felicidad y me recuerda, funesto, que esa siempre puede ser la última vez; la última sonrisa, el último abrazo, el beso de la traición, o la caricia postrera. Entonces cubre todo con la nostalgia sepia de un mundo lento que se escurre entre mis dedos sin ningún remedio.

No hay avemaría que lo limite, sobre todo porque mis avemarías carecen de ese ritmo musical de las ancianas, son más bien palabras sueltas que en el pánico se me olvidan y debo empezar otra vez desde un inicio que nunca tengo claro.

Me gana la moral, me toma por sorpresa en las mañanas y me cocina lento en un jugo que me adormece todo el día. Cuanto más quiero sacudirme y sacarlo de mí con jabón, con agua y tés florales, más se esconde en lugares recónditos de mi alma a los que no llego jamás. Entonces, cuando creo que al menos lo he dormido, se escabulle lento e imperceptible por los espacios que dejan el camino de mis venas, y se apodera de toda mi conciencia. Se estaciona con parsimonia entre mis ojos y desde allí dirige todo. Me ensombrece la piel, me enmaraña el cabello, vuelve dura mi mirada y me llena la boca de palabras esquivas, duras, dolorosas, cuchillos afilados que se clavan en la carne de otras personas que me ven de pronto levitando tres centímetros por encima del suelo y se atreven a preguntar qué me pasa.

Me desconozco y quiero pedir auxilio, quiero con ansias infinitas un abrazo cariñoso, pero tengo espinas envenenadas en toda la piel. Cuando ya me he quebrado, ese demonio me abandona y me deja en medio de la tarde con el día agotado y la noche solitaria y llena de remordimientos. Me quedo entonces postrada en mi cuerpo inútil extrañándolo incluso a él, que sé que me contempla cuando caigo. Natalia, susurro mi propio nombre, Natalia, ven y acobíjame.

Rituales

Hay rituales de mi cuerpo y mi alma que empiezan y acaban con tu nombre. Tu no sabes la cantidad de avemarías que le rezo a mi piel cada noche para que sea tersa flor que se abre entre tus manos. No sabes tampoco, la cantidad sobrehumana de espejos que me rodean cada mañana para que todos mis gestos tengan la precisión exacta de tu curiosidad. Nunca adivinarás el ajetreo intenso que se despliega ante tu llamado para que cada prenda en mi cuerpo sea atractiva y sutil como las togas de una coqueta diosa griega. Los detalles de mis manos enjugadas en nácar, mis ojos dibujados y re dibujados con polvo de papel, o mis labios y los tantos, incontables, muertos besos que se preparan durante horas para explotar en los jugos de tu boca; nada de eso te imaginas. Finalmente aparezco ante ti con las mejores luces que pueden proyectar mis huesos desde el centro de mi cuerpo, con las palabras justas para que tu pecho se abra a mi paso, todo lo mejor que puedo dar de mí.

En seguida tu me cubres con un abrigo postrero y definitivo de silencio que opaca y enmudece todo.