Formas muy bizarras de buscar la muerte

He intentado matarme, sin éxito claro, porque lo he intentado de formas muy bizarras. Dejarme morir frente a la televisión encendida esperando que las imágenes de la pantalla terminen por provocarme alguna clase de derrame cerebral después de muchas horas de exposición. Esperar a la muerte en posición fetal debajo de mis cobijas, en espera de que después de muchos días de anidamiento los ácaros de las cobijas muten con la sal de mis lágrimas y devoren mi cuerpo. También intenté provocarme un coma diabético definitivo, después de devorar cuanto comestible hubiera en mi cocina, rezando para que, si no colapsaba mi estómago, por lo menos mi negligencia me permitiera desvanecerme para siempre después de consumir un yogurt caducado o unas papas de una funda abierta hace mil años. Otras veces estoy segura que el día de mi muerte ha llegado irremediablemente y simplemente no batallo por vivir. No me arreglo el pelo ni me lavo los dientes, esperando que aquel fatídico paro cardiaco o terremoto apocalíptico me encuentre en la comodidad de mi pijama con olor a comida recalentada. Entre mis estrategias más usuales también esta sentarme en el filo de la ventana en el primer piso, mirando el jardín, con el celular encendido en el bolsillo del pecho, esperando con paciencia que finalmente un rayo divino decida caer sobre mi y me chamusque los huesos. Estoy empezando a sospechar que este último es el método que menos funciona. Aburrida de no morirme me siento frente a la computadora esperando que una sobredosis de Instagram y felicidad ajena me consuman para siempre haciendo que mis ojos se salgan de sus orbitas y el ataque de dolor en los cartílagos de las manos me apague para siempre. De alguna forma extraña, nada ocurre y eso de una forma, también extraña, me sujeta más a la muerte que a la vida.

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Sobre los modos en los que sobrellevo/disfruto mi soledad

Nota curiosa 1:

Confieso que espío la cocina de mis vecinos cuando empieza a caer la noche. Me tardo en prender las luces para tener la ridícula libertad de asomarme entre las persianas sin ser vista y contemplar esos cuartos cálidos, amarillos, acogedores. Rincones íntimos y confortables donde la gente se reúne al acabar el día. Miro las cantinas de agua hervir, adivino los olores de los platos que se sirven, admiro las manos que preparan alimentos, a veces las ventanas se empañan y entonces imagino las conversaciones que se condensan dentro: preguntas infantiles, quejas del trabajo, risas estruendosas, chismes familiares, confesiones de amor. Palabras, comodidad, libertad. Tengo una especie de voyerismo familiar o alimenticio, no lo sé.

Mensajes en el tiempo

Te soy sincera, es mucho el tiempo que no nos hemos visto, y no te extraño. Sin embargo, hoy mientras revisaba libros viejos, maletas vacías y muebles empolvados, me di cuenta de que todavía me hablas. Hay cosas tuyas que descubro como mensajes a través del tiempo y el espacio que dejaste exclusivamente para mí en tus libros que nunca llegué a leer realmente, en esas canciones que me hacías escuchar una y otra vez. Hoy me enfrenté a todo eso y descubrí mensajes nuevos, te encontré a ti entre palabras, versos, frases y párrafos. Todo ha estado allí siempre para mí. Aún estando lejos, aun después de haberme olvidado, tú me sigues enamorando.

Aquí conmigo

Ahora mismo estas existiendo aquí conmigo. Al otro lado del mundo, en sitios y rincones de la Tierra que jamás imaginarías. Debajo de maderas de árboles milenarios, templos, patios, habitaciones medievales donde ha existido mucha gente por siglos y siglos…aquí estas existiendo tu conmigo. En mi memoria, en mis ojos que te traen hasta mi, hasta ahora, tu existes en todas tus formas más dulces. Tus palabras me rodean, me acarician, aun cuando son palabras que ya no están en ningún lado, están aquí conmigo porque las recuerdo, las toco, las traje dobladas en mis bolsillos. Trato de ver todo con tus ojos, capturar el aire, el agua, el fuego y perennizarlo en el tiempo. Se que no soy la estrella más brillante de tu cielo, pero ahora mismo existes aquí conmigo, a través de océanos, mares, a través del mundo, en mi.

Mis vecinos los rockoleros

Resulta que tengo unos vecinos que amenizan su jornada de trabajo con la música más triste que pueda existir. Justo junto a mi pared, al lado de mi ventana, todos los días de ocho a cinco suenan los acordes más melancólicos de la música rockolera, baladas de antaño, pasillos sangrantes e himnos dolorosos varios.

Hay días en que no me percato de aquello, pero desde hace un tiempo, no puedo evitar poner atención a las melodías cada vez más lacrimógenas que se cuelan en mi casa. Si el día esta soleado y alegre, los versos sobre amores no correspondidos, despedidas forzadas e hijos ingratos me atosigan hasta el delirio de la nostalgia, echando a perder el buen clima. Y los días nublados y lluviosos, la melancolía de la música me gana sin ningún esfuerzo y se acomoda en mi cuarto de trabajo recordándome lo infeliz e inútil que es la existencia humana.

Hay momentos en los que puedo sobrellevar los acordes de mejor manera, puedo ignorarlos amablemente mientras los tapo con mi propia música en un acto de buena vecindad urbanística; sin embargo, cada vez son más los momentos en que abandono mis oídos al deleite de esa música que me acongoja completamente el alma. Así es cómo termino paralizada, con el corazón encogido pensando en las tristezas tantas, de todos los que habitamos en este mundo.

El proceso de creación de una ponencia en 23 sencillos pasos

El proceso de creación de una ponencia en 23 sencillos pasos, por una procastinadora nata.

  1. Tomar viada durante dos semanas, cavilar sobre el tema y finalmente la noche anterior, escribir la ponencia
  2. Reescribir y transcribir apuntes para completar la ponencia
  3. Comer
  4. Comentar a alguien sobre cómo estoy trabajando
  5. Pensar (en voz alta) sobre el tema a escribir
  6. Bañarme y mientras estoy bajo el agua, evitar llorar porque el tema es en realidad una porquería
  7. Darme cuenta de la hora y, apurada, terminar de escribir
  8. Tomar una “merecida” siesta
  9. Despertarme, darme cuenta del tiempo – espacio en que estoy, especialmente del tiempo, asustarme y considerar no ir a la ponencia
  10. Descubrir que tengo una nueva vecina y replantearme mi miserable existencia
  11. Editar el texto
  12. Ver videos de manualidades o bricolaje en Facebook sobre cosas que nunca haré
  13. Descubrir que mi ponencia no vale un rábano y replantearme nuevamente mi miserable existencia
  14. Volver a editar el texto
  15. Hacer esta lista
  16. Volver a comer
  17. Borrar la ponencia y empezar de cero
  18. Arrepentirme de haberla borrado e histéricamente tratar de recuperarla
  19. Sentirme miserable épicamente
  20. Volver al paso 1 pero en un tiempo récord de 45 minutos
  21. Escribir un poema al proceso de creación
  22. Desechar el poema
  23. Volver al paso 2 y esperar mejores resultados.