Vamos a tomar cafecito

Esta mañana, puedo decir hasta la hora: entre 9:30 o 10:00 am, me preparé una taza de café y volví a sentir ese aroma caliente en medio de una mañana ajetreada, ese aroma que me sacude y me despierta. Con la taza entre mis manos, un hilo de recuerdo muy vivo me llevó hasta ese pueblo de polvo y frío, a cuatro o cinco horas de aquí. Vi gente borrosa, escuché palabras y risas muy claras, me miran desde lejos, como cuando entraba a esa habitación oscura y triste, y cambiaban el tema. Estoy lejos, en tiempo y espacio, estoy lejos. Ahora veo la luz, ya no hay frío, ya no hay polvo.

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Un día sí, otro no.

Me encanta, y a la vez me horroriza, ver cómo pasa el tiempo entre mis manos. Se resbala lento, sin dejarme opción a nada que no sea mirar atrás y ver que ya todo se ha acabado, la mañana, la tarde, el día, mi semana, mi momento, yo misma.

Desde que dejé mi trabajo, me miro a mí misma, en momentos de extraña lucidez, sentada en cualquier rincón, donde nadie puede encontrarme, hurgando en lo más profundo de mi ombligo mientras me pregunto si mi enamorado lee mis posts en Facebook, si el final de esa serie será como yo pienso, o si finalmente Corea del Norte se va a auto destruir, temas tan relevantes como ciertos, y completamente al alcance de mi incumbencia. Al mismo tiempo, tengo una cantidad infinita de cosas por hacer que se acumulan, hoja tras hoja en una libreta morada enmohecida y rota por llevarla a tantos lados, tan gorda como inútil. No hago nada, es la verdad.

Me encierro desde lo más temprano de la mañana, hasta lo más tarde de la noche, alrededor de mi cama, mientras me sujeto a mi existencia pensando espantada que no hago nada y que nada me hace a mí.