Paradójico

Es paradójico. Los miles de kilómetros, el tiempo esquizofrénico, es paradójico cómo, a pesar de todo, siempre te puedo sentir aún más lejos. Como si nunca fuera suficiente la pared que hemos levantado entre nosotros.

¿Estoy a salvo? Sí, porque hay lugares, agujeros negros, donde no te molestas en buscarme, de hecho los haces más hondos y más negros para no verme.

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Mis vecinos los rockoleros

Resulta que tengo unos vecinos que amenizan su jornada de trabajo con la música más triste que pueda existir. Justo junto a mi pared, al lado de mi ventana, todos los días de ocho a cinco suenan los acordes más melancólicos de la música rockolera, baladas de antaño, pasillos sangrantes e himnos dolorosos varios.

Hay días en que no me percato de aquello, pero desde hace un tiempo, no puedo evitar poner atención a las melodías cada vez más lacrimógenas que se cuelan en mi casa. Si el día esta soleado y alegre, los versos sobre amores no correspondidos, despedidas forzadas e hijos ingratos me atosigan hasta el delirio de la nostalgia, echando a perder el buen clima. Y los días nublados y lluviosos, la melancolía de la música me gana sin ningún esfuerzo y se acomoda en mi cuarto de trabajo recordándome lo infeliz e inútil que es la existencia humana.

Hay momentos en los que puedo sobrellevar los acordes de mejor manera, puedo ignorarlos amablemente mientras los tapo con mi propia música en un acto de buena vecindad urbanística; sin embargo, cada vez son más los momentos en que abandono mis oídos al deleite de esa música que me acongoja completamente el alma. Así es cómo termino paralizada, con el corazón encogido pensando en las tristezas tantas, de todos los que habitamos en este mundo.

Vamos a tomar cafecito

Esta mañana, puedo decir hasta la hora: entre 9:30 o 10:00 am, me preparé una taza de café y volví a sentir ese aroma caliente en medio de una mañana ajetreada, ese aroma que me sacude y me despierta. Con la taza entre mis manos, un hilo de recuerdo muy vivo me llevó hasta ese pueblo de polvo y frío, a cuatro o cinco horas de aquí. Vi gente borrosa, escuché palabras y risas muy claras, me miran desde lejos, como cuando entraba a esa habitación oscura y triste, y cambiaban el tema. Estoy lejos, en tiempo y espacio, estoy lejos. Ahora veo la luz, ya no hay frío, ya no hay polvo.

Un día sí, otro no.

Me encanta, y a la vez me horroriza, ver cómo pasa el tiempo entre mis manos. Se resbala lento, sin dejarme opción a nada que no sea mirar atrás y ver que ya todo se ha acabado, la mañana, la tarde, el día, mi semana, mi momento, yo misma.

Desde que dejé mi trabajo, me miro a mí misma, en momentos de extraña lucidez, sentada en cualquier rincón, donde nadie puede encontrarme, hurgando en lo más profundo de mi ombligo mientras me pregunto si mi enamorado lee mis posts en Facebook, si el final de esa serie será como yo pienso, o si finalmente Corea del Norte se va a auto destruir, temas tan relevantes como ciertos, y completamente al alcance de mi incumbencia. Al mismo tiempo, tengo una cantidad infinita de cosas por hacer que se acumulan, hoja tras hoja en una libreta morada enmohecida y rota por llevarla a tantos lados, tan gorda como inútil. No hago nada, es la verdad.

Me encierro desde lo más temprano de la mañana, hasta lo más tarde de la noche, alrededor de mi cama, mientras me sujeto a mi existencia pensando espantada que no hago nada y que nada me hace a mí.