Demonio

Hay un demonio dentro de mi piel que me rasga la carne en sus mejores días, en los malos me deja quieta, olvidada y sola. Hay un demonio que anida en mi pecho y me canta rondas de miedo que no puedo repetir sin llorar. Es un monstruo oscuro y lúgubre que insiste en hablarme de los días aquellos en que mi madre ya no estará, o esa fatídica tarde cuando yo tendré la certeza irremediable de que he visto a mi padre por última vez. Yo me tapo con horror y fuerza los oídos, hago nudos con mis dedos dentro de mis orejas para no escucharlo, pero no puedo evitarlo, esta dentro de mi y sus historias retumban en las paredes de mi cráneo.

A veces, cuando he acabado de reírme y trago con gusto una carcajada estridente por las risas de mis niños, alegres y regordetes, ese ser terrible me pincha debajo de las uñas de los pies y me recuerda que esas criaturas frágiles son frágiles como rosas de papel y miles de miles de miles mueren de hambre y frío, en la crueldad y el abandono, mientras yo me rizo las pestañas. No tengo paz.

Se apodera no solo de mi cuerpo para hacer mohines de desagrado a los que con dulzura me hablan, sino que también se apodera de mi alma y me hace dar vueltas y vueltas en un carrusel obsoleto donde miro mis fracasos uno tras otro, uno tras otro, de nuevo y otra vez. Mi madre llorando, mi hermano herido, una mano extendida que rechacé, una plegaria de la que me reí, mi padre con su semblante más triste y solitario, mi yo de cinco años perversamente feliz, mis antepasados con los que no hablé, los nidos de pájaros muertos, las mascotas que extravié y los juramentos que rompo con saña y desdén. Es un demonio cruel que se fascina en mi angustia.

Creo que tiene alas porque en las noches hay un temblor en mis entrañas, como un huracán que se levanta dentro de mi y me traga entera mientras me recita las palabras de una abuela que nunca escuché y que mi madre se empeña en no olvidar. Deben ser alas enormes porque siento cómo me sobrepasan y su inmensidad me hace sentir miserablemente pequeña e insignificante, en un mar de añejas tristezas. Siniestro aparece justo en los momentos de mayor felicidad y me recuerda, funesto, que esa siempre puede ser la última vez, la última sonrisa, el último abrazo, el beso de la traición, o la caricia postrera; entonces cubre todo con nostalgia de un mundo sepia y lento que se escurre entre mis dedos sin ningún remedio.

No hay avemaría que lo limite, sobre todo porque mis avemarías carecen de ese ritmo musical de las ancianas, son más bien palabras sueltas que en el pánico se me olvidan y debo empezar otra vez desde un inicio que nunca lo tengo claro.

Me gana la moral, me toma por sorpresa en las mañanas y me cocina lento en un jugo que me adormece todo el día. Cuanto más quiero sacudirme y sacarlo de mí con jabón, con agua y tés florales, más se esconde en rincones de mi alma que yo no conozco y no me atrevo a explorar. Entonces, cuando creo que al menos lo he dormido, se escabulle lento e imperceptible por los espacios que dejan el camino de mis venas, y se apodera de toda mi conciencia. Se estaciona con parsimonia entre mis ojos y desde allí dirige todo. Me ensombrece la piel, me enmaraña el cabello, vuelve dura mi mirada y me llena la boca de palabras esquivas, duras, dolorosas, cuchillos afilados que se clavan en la carne de otras personas que me ven de pronto levitando tres centímetros por encima del suelo y se atreven a preguntar qué me pasa.

Me desconozco y quiero pedir auxilio, quiero con ansias infinitas un abrazo cálido, pero tengo espinas envenenadas en toda la piel. Cuando ya me he quebrado, ese demonio me abandona y me deja en medio de la tarde con el día agotado y la noche solitaria y llena de remordimientos. Me quedo entonces postrada en mi cuerpo inútil extrañándolo incluso a él que sé que me contempla cuando caigo. Natalia, susurro mi propio nombre, Natalia, ven y acobíjame.

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Vómito pesadilla

De un tiempo a acá he perdido la capacidad de expresar el enojo. En lugar de gritar, insultar, maldecir o lanzar un zapato, he debido conformarme con llorar. Y en días como hoy, hasta el llanto se me enoja, ni el llanto es suficiente. En lugar de eso, cuando me frustro empiezo a sentir el estómago débil, revuelto y necio. Me invaden unas ganas impotentes de vomitar, empiezo a salivar amargamente y no puedo controlarlo por más que intente respirar profundo. Entonces me dejo llevar, me abandono al enojo saliendo de mi en forma de bilis.

Desde lo más hondo de mi cuerpo se que la ira me desborda y saldrá a la superficie en como trocitos de zanahoria mal picada y restos de salchicha. ¡Oh por Dios! el suelo esta repleto de restos de comida. Todo mundo me observa y como consuelo piensan que estoy enferma, que la sopa estuvo cruda, fría, cortada, no sé.

Soy yo. Los contemplo contemplándome,  y se que estoy al borde del colapso. La siguiente vez trataré de vomitar encima de alguien, o por lo menos encima de su escritorio.

Terapia

Tengo una única regla para sobrellevar el estres: cada vez que lloro en el trabajo me doy el derecho de comer absolutamente lo que sea.
Otro asunto es ver como he subido de peso desde hace un año a estos días.