Chulita del desierto

Cuando te vi eras una niña traviesa que no podía estar quieta en su asiento. Eras una muñeca de porcelana a puntito de romperse en mil pedazos, brillantes y punzantes. Eras un bocado de aire a primera hora de la mañana. Morenita, chula mía. Yo sé que huías de mí. Y se también, que esa mañana me viste en el transporte, me viste de reojo, como si no quisieras verme, con desgano, entre la multitud de gente que había dentro; y yo afuera y tu aferrada a tu asiento con todo Quito encima de ti llegando tarde a los trabajos. Y miraste a otro lado, acomodándote la mochila, un puchero en la boca, que barbaridad el tráfico, verdad que a esta hora es terrible.

Yo quiero que sepas niñita mía, morenita mía, chulita del desierto y la montaña –no me preguntes porque pienso en desiertos cuando pienso en ti…creo que es por una novela que leí sobre un Jesús que andaba profesando en un desierto, medio loco y medio perdido muy, muy lejos de Jerusalén-. Chiquita mía, como te iba diciendo, quiero decirte que aun llevo marcada en mi mano la piel de tu muslo regordete y rosado. Todo esto pensaba esa mañana en que no volteaste la mirada en el transporte para verme.

Si quieres venir un día, conoces el camino. Mi otra mano aún tiene envidia, ya te imaginaras porqué. Ven chulita del desierto.

He soñado ríos donde te amo y te imagino sonreída sobre mí regalándome besos largos y coquetos, con tu cabello sobre mis hombros, y mis brazos cruzando esa cintura que se escapa de todo. Ven chulita del desierto.

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Puerta corrediza

Todos los días, desde hace ya no sé cuánto tiempo, el vecino de al frente abre la puerta corrediza de su departamento exactamente a las 6:45. Puntualmente cada mañana sin falta ni retraso, como si fuera un movimiento natural, geomecánico, propio de la Tierra misma. No fue hasta hoy que me di cuenta, que escuchar su puerta corrediza es el reloj que marca también mis días. Hundida entre las sabanas, adormitada, renegada, lo escucho y la Tierra entonces llama a mi existencia. Con ese sonido sordo y chillón al mismo tiempo, pesado por el metal, entre sueños me llega la certeza de que hay gente que sigue con sus vidas, y que la mía debe seguir también.

El proceso de creación de una ponencia en 23 sencillos pasos

El proceso de creación de una ponencia en 23 sencillos pasos, por una procastinadora nata.

  1. Tomar viada durante dos semanas, cavilar sobre el tema y finalmente la noche anterior, escribir la ponencia
  2. Reescribir y transcribir apuntes para completar la ponencia
  3. Comer
  4. Comentar a alguien sobre cómo estoy trabajando
  5. Pensar (en voz alta) sobre el tema a escribir
  6. Bañarme y mientras estoy bajo el agua, evitar llorar porque el tema es en realidad una porquería
  7. Darme cuenta de la hora y, apurada, terminar de escribir
  8. Tomar una “merecida” siesta
  9. Despertarme, darme cuenta del tiempo – espacio en que estoy, especialmente del tiempo, asustarme y considerar no ir a la ponencia
  10. Descubrir que tengo una nueva vecina y replantearme mi miserable existencia
  11. Editar el texto
  12. Ver videos de manualidades o bricolaje en Facebook sobre cosas que nunca haré
  13. Descubrir que mi ponencia no vale un rábano y replantearme nuevamente mi miserable existencia
  14. Volver a editar el texto
  15. Hacer esta lista
  16. Volver a comer
  17. Borrar la ponencia y empezar de cero
  18. Arrepentirme de haberla borrado e histéricamente tratar de recuperarla
  19. Sentirme miserable épicamente
  20. Volver al paso 1 pero en un tiempo récord de 45 minutos
  21. Escribir un poema al proceso de creación
  22. Desechar el poema
  23. Volver al paso 2 y esperar mejores resultados.

Memorizada

Escribo aquí porque sé que este es un rincón escondido y remoto al que nunca entras. Esto esta fuera del alcance de tu interés.

¿Para qué hacerlo? ¿Para qué buscarme más allá de tus propios límites? Si me tienes memorizada con todos mis traumas y mis delirios, en orden alfabético, cronológico y al revés. Todo, ya te lo sabes de memoria.

No soportarías una palabra más de mi parte. Esto también es una forma de existir en el silencio más allá de tus sentidos, y de las cosas que no quieres escuchar, leer, saber, de mi.

Escribo, no me lees, y estoy existiendo, en toda mi plenitud, al margen de ti.

Rituales

Hay rituales de mi cuerpo y mi alma que empiezan y acaban con tu nombre. Tu no sabes la cantidad de avemarías que le rezo a mi piel cada noche para que sea tersa flor que se abre entre tus manos. No sabes tampoco, la cantidad sobrehumana de espejos que me rodean cada mañana para que todos mis gestos tengan la precisión exacta de tu curiosidad. Nunca adivinarás el ajetreo intenso que se despliega ante tu llamado para que cada prenda en mi cuerpo sea atractiva y sutil como las togas de una coqueta diosa griega. Los detalles de mis manos enjugadas en nácar, mis ojos dibujados y re dibujados con polvo de papel, o mis labios y los tantos, incontables, muertos besos que se preparan durante horas para explotar en los jugos de tu boca; nada de eso te imaginas. Finalmente aparezco ante ti con las mejores luces que pueden proyectar mis huesos desde el centro de mi cuerpo, con las palabras justas para que tu pecho se abra a mi paso, todo lo mejor que puedo dar de mí.

En seguida tu me cubres con un abrigo postrero y definitivo de silencio que opaca y enmudece todo.

Vamos a tomar cafecito

Esta mañana, puedo decir hasta la hora: entre 9:30 o 10:00 am, me preparé una taza de café y volví a sentir ese aroma caliente en medio de una mañana ajetreada, ese aroma que me sacude y me despierta. Con la taza entre mis manos, un hilo de recuerdo muy vivo me llevó hasta ese pueblo de polvo y frío, a cuatro o cinco horas de aquí. Vi gente borrosa, escuché palabras y risas muy claras, me miran desde lejos, como cuando entraba a esa habitación oscura y triste, y cambiaban el tema. Estoy lejos, en tiempo y espacio, estoy lejos. Ahora veo la luz, ya no hay frío, ya no hay polvo.

Un día sí, otro no.

Me encanta, y a la vez me horroriza, ver cómo pasa el tiempo entre mis manos. Se resbala lento, sin dejarme opción a nada que no sea mirar atrás y ver que ya todo se ha acabado, la mañana, la tarde, el día, mi semana, mi momento, yo misma.

Desde que dejé mi trabajo, me miro a mí misma, en momentos de extraña lucidez, sentada en cualquier rincón, donde nadie puede encontrarme, hurgando en lo más profundo de mi ombligo mientras me pregunto si mi enamorado lee mis posts en Facebook, si el final de esa serie será como yo pienso, o si finalmente Corea del Norte se va a auto destruir, temas tan relevantes como ciertos, y completamente al alcance de mi incumbencia. Al mismo tiempo, tengo una cantidad infinita de cosas por hacer que se acumulan, hoja tras hoja en una libreta morada enmohecida y rota por llevarla a tantos lados, tan gorda como inútil. No hago nada, es la verdad.

Me encierro desde lo más temprano de la mañana, hasta lo más tarde de la noche, alrededor de mi cama, mientras me sujeto a mi existencia pensando espantada que no hago nada y que nada me hace a mí.