Rituales

Hay rituales de mi cuerpo y mi alma que empiezan y acaban con tu nombre. Tu no sabes la cantidad de avemarías que le rezo a mi piel cada noche para que sea tersa flor que se abre entre tus manos. No sabes tampoco, la cantidad sobrehumana de espejos que me rodean cada mañana para que todos mis gestos tengan la precisión exacta de tu curiosidad. Nunca adivinarás el ajetreo intenso que se despliega ante tu llamado para que cada prenda en mi cuerpo sea atractiva y sutil como las togas de una coqueta diosa griega. Los detalles de mis manos enjugadas en nácar, mis ojos dibujados y re dibujados con polvo de papel, o mis labios y los tantos, incontables, muertos besos que se preparan durante horas para explotar en los jugos de tu boca; nada de eso te imaginas. Finalmente aparezco ante ti con las mejores luces que pueden proyectar mis huesos desde el centro de mi cuerpo, con las palabras justas para que tu pecho se abra a mi paso, todo lo mejor que puedo dar de mí.

En seguida tu me vistes con un abrigo postrero y definitivo de silencio que opaca y enmudece todo.

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Vamos a tomar cafecito

Esta mañana, puedo decir hasta la hora: entre 9:30 o 10:00 am, me preparé una taza de café y volví a sentir ese aroma caliente en medio de una mañana ajetreada, ese aroma que me sacude y me despierta. Con la taza entre mis manos, un hilo de recuerdo muy vivo me llevó hasta ese pueblo de polvo y frío, a cuatro o cinco horas de aquí. Vi gente borrosa, escuché palabras y risas muy claras, me miran desde lejos, como cuando entraba a esa habitación oscura y triste, y cambiaban el tema. Estoy lejos, en tiempo y espacio, estoy lejos. Ahora veo la luz, ya no hay frío, ya no hay polvo.

Un día sí, otro no.

Me encanta, y a la vez me horroriza, ver cómo pasa el tiempo entre mis manos. Se resbala lento, sin dejarme opción a nada que no sea mirar atrás y ver que ya todo se ha acabado, la mañana, la tarde, el día, mi semana, mi momento, yo misma.

Desde que dejé mi trabajo, me miro a mí misma, en momentos de extraña lucidez, sentada en cualquier rincón, donde nadie puede encontrarme, hurgando en lo más profundo de mi ombligo mientras me pregunto si mi enamorado lee mis posts en Facebook, si el final de esa serie será como yo pienso, o si finalmente Corea del Norte se va a auto destruir, temas tan relevantes como ciertos, y completamente al alcance de mi incumbencia. Al mismo tiempo, tengo una cantidad infinita de cosas por hacer que se acumulan, hoja tras hoja en una libreta morada enmohecida y rota por llevarla a tantos lados, tan gorda como inútil. No hago nada, es la verdad.

Me encierro desde lo más temprano de la mañana, hasta lo más tarde de la noche, alrededor de mi cama, mientras me sujeto a mi existencia pensando espantada que no hago nada y que nada me hace a mí.

Mírame

De mis manos brotan hilos que tejen bosques, selvas, paraísos, desiertos para llegar hasta tus manos que siempre se esconden tras tus brazos cruzados, en tus bolsillos de tristeza, quizá porque ya no sabes qué hacer conmigo. Donde meterme para olvidarme pronto, en qué pedazo de tu ropa vieja envolverme para siempre, para tu tranquilidad. Ahora que solo soy una sombra que se escurre a ratos bajo dos palabras francesas, esa sombra que invocas con miedo y la dejas tras tuyo para no sentir lastima.

Soy un espectro que ronda tu memoria de cuando en cuando y he perdido el espíritu siniestro del amor que te hacía verme hermosa. Has descubierto que mis ojos no son tan negros, ni tan brillantes, ni curiosos, son más bien porotos muertos que te persiguen agobiantes. Mi piel muy fría, muy blanda, mis caderas soporíferas, mis pies de plomo, mis senos grises, mi cintura cobijada con adornos de dolor, todo en mi es funesto y lo has descubierto. Lloro mucho, me quejo más, soy como un gato viejo y hediondo, huraño y arisco al que prefieres ignorar.

Mírame, amor, mírame. Fui luz y ahora soy tiniebla, fui canto y ahora soy silencio, fui alegría y ahora soy llanto, fui tuya y ahora me desvanezco en tu memoria.